lunes, 30 de diciembre de 2013

Aun, y a pesar de las dificultades del ser... Vivir: no es imposible


Nos animó el sabio amigo: "El caso es que se da una equivocación generalizada: creerse que algo entendemos porque sólo somos capaces del relacionar fragmentos de racionalidad. Y lo cierto es que nos pasamos la vida sin entender gran cosa de lo que sucede o aun apenas casi nada qué nos pasa. Funcionamos por compartimentos estancos y creando nuestro mundo de acuerdo con presuposiciones o expectativas, como dijera Gregory Bateson. El hemisferio izquierdo del cerebro se ocupa en inventar los 'cuentos' que más nos 'convienen' a cada momento.
 
Así, en este contexto, cabe decir también que nuestro pensamiento funciona desde paradigmas más o menos inconscientes (en conexión con el asunto clásico de las ideologías). Ello es que habría una similitud entre tal concepto del paradigma y los estados normales de conciencia; en ambos casos se trata de algún marco de referencia que nos hace creer en la existencia de un modo natural para ver nuestro mundo. Lo cual es perfectamente falso, no existe ningún modo natural de ver el mundo."

  El perspicaz bonobo, manejando tan modernas Tecnologías, digital es...
 
Y continuaba insistiendo este mismo Salvador Pániker: "En fin, decía que pasamos la vida sin entender apenas nada de lo que sucede, ni qué nos pasa. O sea, vivimos encerrados entre los 'intereses creados' de nuestras redes cerebrales, relativamente ciegos frente a lo real.
 
Y se me ocurre ahora añadir que rellenamos nuestras lagunas con manías; que somos maniáticos a fuer de inconsistentes. Pues en algo tenemos que apoyarnos, y las manías resultan ser así como muletas, síntomas de huecos, prótesis para nuestras carencias, recursos de supervivencia, cortocircuitos emocionales, decantaciones de impaciencia, maneras de guardar el equilibrio. Cosas así.
 
'Las manías ayudan a vivir', escribió Luis Buñuel, que estaba lleno de ellas. Naturalmente, no me refiero ahora a las manías en tanto que trastornos mentales; hablo, más bien, de su versión cotidiana y diluida, las que en lenguaje coloquial llamamos rarezas, tirrias, aficiones, etcétera. Esas manías pueden ser muy asimétricas. Don José Ortega y Gasset, apóstol de la razón vital, no soportaba los olores corporales; el ascético y agónico Miguel de Unamuno, en cambio, tomaba el sol desnudo en Fuerteventura. ¿Y por qué sería que Virginia Woolf detestaba los mariscos? Todo quisque acaba equipado con algún sistema de gustos y disgustos que son como aparatos ortopédicos.
 
No, no entendemos gran cosa de lo que sucede o de cuanto nos sucede. Porque, en teoría, para entenderse algo de verdad, habría que entenderlo previamente todo. De ahí el señuelo de las síntesis totalitarias. Ahora bien, dejando a un lado las manías, cabe sobrevivir -sin síntesis totalitarias- si uno encuentra algún margen de maniobra. Algún margen para respirar. La filosofía como arte de navegar, por ejemplo. Al fin y al cabo, los filósofos, más que a 'la verdad', aspiramos hoy a una cierta irónica convivencia, que nos diría Richard Rorty. Conscientes de nuestras modestas posibilidades, herederos de Darwin y de Buda pero también de Wittgenstein y Dewey, somos antes terapeutas que filósofos. Nos concierne la salud. La física o mental.
 
Y junto a ese arte de navegar con filosofía como estrategia cotidiana la política y el humor, por equilibrismo, más meditación para catarsis. A la postre, política, arte de navegar, meditación y equilibrismo inciden. La política sirve para ir soslayando las patologías del prójimo, y lo de uno mismo; para sintonizarnos con ese pequeño espacio de libertad donde la gente, mínimamente, comunica. Y es obvia la semejanza de esto con el arte de navegar, que es también el arte de pasar la maroma."
 
Al fin, concluía el texto citado [del 2006] apuntando alguna de sus experiencias: "Tocante a la meditación, ella es lo que proporciona una indispensable dimensión de lucidez, u otra faz de aquel imposible conocimiento totalitario. El caso es que, a pesar de los pesares, no estaremos enteramente desprovistos de recursos -necesarios para sobrevivir en un ámbito de relativismo nihilista-; o así lo tengo escrito en las últimas líneas de mi libro 'Filosofía y mística': Aunque parezca extraño, vivir no es imposible"...

  Otro mono -un orangután- desnudo, y reflexivo, ante las incertidumbres...

Además podemos mejorar el cerebro, ¡está confirmado!, pero nada se conseguirá tampoco sin superar esforzadas dificultades: "Todo comenzó, o acabó, en los años sesenta; mayo de 1968, incluso antes. Era el canto del cisne de la modernidad. Aquella vivida mas inefable con su arte de vanguardias, el marxismo y los psicoanálisis; aquella modernidad provinciana, patética y redentorista, de una subversión permanente, del cuando había que andarse siempre rompiendo códigos o asuntos por el estilo. Yo viví un poco el apogeo / estertores de aquella modernidad en California.

Primero fueron los coléricos Allen Ginsberg y Jack Kerouac, pero también el dulce Ferlinghetti y el loco Gary Snyder. Venían de Whitman, amaban a Charlie Parker, citaban a Blake: 'el camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría'.
 
Predicaban el desbloqueo de la percepción. Guerra a las posturas squares, a la respetabilidad puritana de la clase media, pero también a la beatería escatológica de la izquierda tradicional. Finalmente, los beat abocaron por lo hip, que luego se dispersaría en comunas. Los hip se dieron a conocer en San Francisco y uno les veía merodear, allá por 1966, Haight Street esquina Ashbury Street; que por un tiempo aquello era el disloque: turn on, tune in, drop out. Consignas del enfebrecido Timothy Leary. Free Speech Movement. Zen approach. Joan Baez: We shall overcome. Bob Dylan: cuántos caminos tiene que recorrer uno antes de que se le pueda llamar hombre.
 
Revolución cultural que, paradójicamente, hundía sus raíces en la tremenda inocencia ideológica de los norteamericanos. Para un espectador que venía de Europa aquello era lo más sorprendente: el candor sociopolítico, la falta de cinismo, la espontánea puesta en práctica de convicción propia. Muy pocas teorías políticas bajo los movimientos contestatarios. Algunos citaban a Marcuse, pocos le habían leído. Se rechazaba globalmente, por instinto, la ideología tecnocrática o socialista del progreso; exigiendose paraíso ya.
 
Paradise now. De ahí a la droga, claro está, sólo había un paso. La droga era entonces el LSD. O, también, las anfetaminas (speed) y la marihuana. La droga la tomabas, a veces, sin enterarte; porque te invitaban a cenar y la metían de matute entre los alimentos, e inesperadamente -así- viajabas. Pero la droga acabó siendo irrelevante; y el propio Aldous Huxley, autor de 'Filosofía perenne', poco antes de morir desaconsejaba enérgicamente su uso. Allí lo que importaban eran las complejidades de un movimiento, aparentemente candoroso, que remitían a la tradición subterránea; por recoger mil genealogías dispersas, que configuraban una matriz híbrida, haciendo referencia a cultura sin pecados originales.
 
Era el mensaje más genuino del inimitable Alan Watts: el taoísmo subterráneo de Occidente (que en el fondo entroncaba con la propia tradición de la democracia norteamericana, con el espíritu de los padres fundadores, con la desconfianza instintiva hacia el Estado). Por fin se decía en voz alta que existen mil alienaciones aparte la económica. Se ponía en solfa la ideología del progreso puro y duro, las falacias del tiempo y de la historia.

Se descubría, redescubríamos, que la naturaleza es más inteligente que el hombre. Y ya digo que nadie explicaba esto mejor que aquel finísimo Alan Watts. Elocuente, paradójico, atrayente, seductor, menudillo de estatura y delgado de cuerpo, alargada cabeza, barba de chivo, ojos vivísimos, aire de predicador callejero, el gurú tramposo, the epicure who drank much, comenzaba por no tomarse en serio... a sí mismo. Y decía: 'cuando uno se pone demasiado serio, sea a propósito del sexo, sea a propósito de la religión, comienzan los crímenes'.
 
Watts, más que nadie, incorporó el Zen y el taoísmo dentro de la propia tradición occidental. 'El misterio de la vida no es ningún problema que resolver, sino una realidad por experimentar'. Watts predicaba / practicaba ese principio taoísta del que no hay nada más inhumano sino aquellas relaciones humanas basadas en la moral, o sea, por las abstracciones. Watts había penetrado en lo más profundo de las paradojas del taoísmo / budismo, que es la paradoja de nuestra condición humana, su ambivalente trampa del lenguaje y el extraño bucle de la autoconciencia.
 
 Familias de suricatos, en sociedades, realzándose frente a su devenir...

Era la voz del taoísmo (también del budismo zen): el brinco a la inocencia, su ecológica superación de las dualidades o/y fronteras. Pero en Occidente ya se sabe que apenas hay tradición taoísta. Una vez escribí ('El anarquismo como taoísmo') explicando que únicamente cierto pathos libertario tiene que ver con la recuperación de la inocencia taoísta.

El refinamiento coactivo, abstracto, de las sociedades con Estado -con capitalismo, con división de trabajo y sistema monetario- donde la realidad acaba siendo sustituida por símbolos o modelos; eso exige que haya un dinamismo contrario: algo que nos permita recuperar, o al menos atisbar, la no dualidad de lo real en sí mismo. Sólo muy recientemente -y, a menudo, con caricaturas burdas- reaparece en Occidente una actitud sin sentido del pecado. Donde las personas no piden disculpas por ser como son. Donde la introspección no conduce -como en san Pablo, san Agustín y Lutero, o en Kierkegaard- a la vergüenza de uno mismo.

Pero la matriz judeocristiana es persistente. Aquí, por Occidente, todavía lo más frecuente es pensar que nuestra imprescindible moralidad sólo puede asentarse en la culpa. Quiero decir que, casi por definición, Occidente es culpas. Fisuras. Autodesprecios antropológicos, como contrapartida de la sumisión. Escritores aparentemente rebeldes como Kafka, Faulkner, Joyce, Becket, Sartre, nos recuerdan constantemente cómo es hostil este mundo y pecador el hombre. Sean o no judíos, todos siguen esa tradición bíblica; una cultura del pecado, o sea, de la sumisión. El psicoanálisis, como pesquisa de las culpas enterradas en el inconsciente, no pretende alcanzar la inocencia; sino un mero encaje entre culpa, mente y ego.

De modo que  intentar, en Occidente, ser taoísta [el camino del Tao] es muy complicado. Faltan cómplices y sobran simplificadores. ¿Quién puede ser inocente... después de Auschwitz? Recuerdo una comida en Ampurias, frente al Mediterráneo sabio, con Javier Solana y otros amigos. Le dije: 'puesto que nadie sabe para qué sirve un Ministerio de Cultura, ¿por qué no se dedica una parte del presupuesto para diseñar algún espacio cultural sin sentimiento de culpa?' Y he aquí que saltó inmediatamente Xavier Rubert de Ventós: 'pero si en la vida sólo hay sentimientos de culpas y cuatro cosas más'.

Era la voz de Occidente. O sea, del judío, cristiano, existencial, patético, conflictuado, dualista, emprendedor: huimos de las culpas haciendo historia. Nuestro arrepentimiento es esa fuga hacia adelante que llamamos progreso. Pilares de una vieja sociedad industrial, renunciar a las pulsiones instintivas; Sigmund Freud y los grandes a priori de nuestra cultura, con o sin Ministerio de la ídem. Y ésa es la dificultad del ser taoísta, que es de ser inocente: dificultad del desaprender todo lo que habíamos aprendido, como es la de liberarse desde las trampas del lenguaje ordinario.

Todo ello de manera crítica y no ingenua... En el bienentendido de que se alcanza espontaneidad humana cuando los verbos se hacen intransitivos; cuando, superadas las defensas del ego, uno deja que las cosas se organicen por sí mismas: suprimiendo la frontera entre lo natural o más artificial; donde inocencia también es picardía; las ciencias, arte; y todo forma parte de un proceso -múltiple, disperso, creador e imprevisible- presidido por el paradigma de la autoorganización"...
Así vamos, como Thomas Mann hace un siglo nos dejaba ya dictado en su magistral y luminosa conclusión imperdible:
 
"O Aschenbach... famous as a master... self-discipline... your strength...!
All folly, all pretence, o perilous sweetness the wisdom poets crave.
Socrates knew, Socrates told us.
- Does beauty lead to wisdom, Phaedrus?
Yes, but through the sense.
- Can poets take this way then for senses lead to passion, Phaedrus?
Passion leads to knowledge.
Knowledge to forgiveness, to compassion with the abyss.
- Should we the reject it, Phaedrus? ?
The wisdom poets craves, seeking only form and pure detachment.
Simplicity and discipline.
- But this beauty, Phaedrus? ?
Discovered through the senses and senses lead to passion, Phaedrus.
And passion to abyss! !
And now, Phaedrus, I will go. But you stay here.
And when your eyes no longer see me, then you go too..."
[de una -penúltima- escena en la ópera 'Death in Venice', Ben Britten] 

.                                      

Y seguimos viendo por sitios diversos gente atareándose con sus afanes -como aquel buen labrador, del 'Pascualín', diabético...- que, además, es modelo sobre cómo valorar bien unos mejores modos de concentrarse para vivir: libre mente!

1 comentario:

  1. La filosofía occidental se ha convertido en un abstruso y, lo que es peor, un inútil juego de palabras sin aplicación a la VIDA. Se filosofa para mejorarla, no por masturbarse el cerebro. Para cualquiera que estudie la física moderna, los sistemas de Kant o Hegel son venerables antiguallas.

    Combinando palabras no se puede salir de ellas, cosa que no desean constatar los profesionales de la palabra. La REALIDAD es más compleja que la palabra y el concepto; con ellos no se describe ni se entiende. Witgenstein y los positivistas se dieron cuenta de ello y quedaron paralizados, aterrados: ¿qué vamos a hacer si no usamos la palabra?

    Heidegger entrevió la solución pero no se atrevió a formularla: ir con las palabras hasta donde se puede y luego, para ir más allá, usar la MENTE con otro método que las palabras. A esta disyuntiva había llegado la filosofía hindú en el siglo VII antes de Cristo: cómo construir un humanismo y una metafísica sin Dios.

    El budismo y el taoísmo son eso. Por ello, para los que hayan constatado ya la limitación de la palabra y el concepto, me parece adecuado recomendar los “Ensayos sobre ZEN” de D. T. Suzuki, sus fuentes -que son Lao-Tse y Chuang-Tzu- junto con los textos del Budismo Mahayana. Todo lo cual imbuye la obra de este maestro de la claridad que es Alan Watts.

    Ahí se puede encontrar un pensamiento que puede cambiar la vida. Leer filosofía occidental es una pura gimnasia mental, como jugar al ajedrez, igual de inútil y respetable, pero baldío. La teoría del CONOCIMIENTO, más allá de Hume, solo la puede llevar la neurofisiología, y la ontología solo puede desarrollarla más la Física Cuántica.

    Ha llegado el momento de que la CIENCIA tome relevo de la Filosofía. Excepto en la Ética; por eso Savater, que es el más listo, se dedicó a ella, o Isahía Berlin a la Historia de las Ideas. Por Navidad, menos Platón y más Lao-Tse.

    Luis Racionero
    . (Desde el nirvana: republica.com, 20.12.2013)

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